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quinta-feira, 4 de fevereiro de 2016

Memorias de un fotógrafo brujo

By Revista El Clarin

Entrevista. Daniel Mordzinski prepara su muestra más ambiciosa: 250 fotos de escritores, en su mayoría nuevas o inéditas, que viajarán por Cuba, México y EE.UU.

POR DIEGO ERLAN

Hemos visto una imagen en blanco y negro de César Aira metido en la bañadera, a Roberto Bolaño sentado entre las plantas, a Andrés Neuman piloteando un avión de pasajeros, a Michel Houellebecq fumando en un café de París, a Mario Bellatin exhibiendo su garfio con el torso desnudo en un balcón, a Gabriel García Márquez, de perfil, sentado en una cama prolijamente tendida, con sus ojos puestos en la ventana. Hemos visto muchas imágenes de este fotógrafo pero el mexicano Juan Villoro ha sido testigo de su procedimiento. “He asistido a numerosas sesiones fotográficas con este maestro de la táctica suasoria. Nunca lo he visto forzar a nadie a quitarse la camisa o subirse en un banquito. Después de hablar con él, sus modelos hacen por cuenta propia y con repentino entusiasmo lo que en principio les parecía raro”. Se refiere a Daniel Mordzinski, ese fotógrafo de modos elegantes que, con el tiempo, supo domar egos superlativos y timideces exasperantes.
Hace unos días, en un viaje fugaz por Buenos Aires para visitar a la familia, Mordzinski, que vivió desde los años setenta en París pero ahora se radicó en Madrid, consiguió por Internet una Kodak Fiesta igual a la que tenía de chico. Fue su primera cámara. Tenía ocho años cuando se la regalaron sus padres. Quería volver a tenerla entre sus manos y con ella retratar lugares y personas importantes en su biografía. En eso anda. Y además tiene el impulso secreto de escribir sus recuerdos. No con la idea de publicarlos sino de capturar otra vez esas sensaciones, conversaciones y trastienda de sus sesiones en estos casi cuarenta años de trayectoria. La necesidad de preservar la memoria tiene un sentido: en marzo de 2013, Mordzinski ingresó a su despacho en el séptimo piso de la redacción del diario Le Monde, donde guardaba su archivo de negativos y diapositivas, y encontró que habían tirado todo lo que había allí. “Lo peor es que por falta de medios nunca había podido digitalizar mis archivos y el 99 % se perdió para siempre”, decía por mail en aquel entonces. Aunque todavía le duele el recuerdo, pudo levantarse, volvió a sacar su cámara y siguió con ese mapa visual de los escritores del mundo que había empezado a sus dieciocho años. En ese viaje interminable, en marzo Mordzinski inaugurará en el Museo de Arte de San Juan de Puerto Rico su exposición más ambiciosa hasta ahora, que luego saldrá de gira por Cuba, México y Estados Unidos. Son 250 fotografías de las cuales la mayoría son nuevas o inéditas.
Las imágenes de Mordzinski, entiende Mario Vargas Llosa, son en verdad una interpretación profunda y respetuosa de la personalidad de los autores, tal como aparece reflejada en sus rasgos, semblantes y expresiones. Mordzinski, escribió el Nobel peruano, “no se sirve de quienes posan para él a fin de exhibir su talento y gratificarse a sí mismo sino que él sirve a quienes retrata esforzándose en aprisionar su verdad profunda y tratando de desaparecer él mismo detrás de su cámara”. 
Estas imágenes se ganaron el sustantivo de “fotinskis”. “Son travesuras visuales, imágenes singulares, divertidas a veces, respetuosas siempre”, explica su autor. “Pienso que la mejor manera de sacar a un escritor de su pose de escritor es proponerle una nueva pose que se aleje de lugares comunes asociados a la literatura como los libros y las bibliotecas.”
–¿Quién fue el primero? 
–Borges. Lo retraté durante el rodaje de una película en 1978 y había mucha gente y mucho ruido. Podría haberlo fotografiado de lejos pero preferí acercarme y pedirle permiso. El poeta ciego se dirigió a mí con sorpresa y me agradeció por hacerlo. Se interesó por mí y me hizo preguntas. Sonrojo al recordar que respondí con torpeza y monosílabos, y a pesar de eso Borges festejaba mis respuestas como si el erudito fuese yo.
–Sontag escribió que la fotografía es un rito social, una protección contra la ansiedad y un instrumento de poder, ¿con cuál de estas tres características se siente más cómodo? 
–Sin duda con un rito social. Ella decía que la fotografía era un pasaporte. En mi caso un pasaporte que me permite viajar y retratar. El 17 de enero de 2005 fui el único fotógrafo presente en el entierro de Susan Sontag. Juan Cruz me alertó por teléfono: “Te espero en el cementerio de Montparnasse, vamos a enterrar a Sontag”. Me pidió discreción y que no contara nada. Entré al cementerio como para visitar a Julio Cortázar y me choqué con un grupo muy pequeño de famosos: reconocí a Annie Leibovitz, Salman Rushdie, Ian McEwan, Patti Smith. Mientras intentaba recuperar la respiración buscaba a otros colegas. Parecía increíble: yo, fotógrafo de escritores, admirador de Susan Sontag “era la única cámara” y tenía entre mis manos la posibilidad de dejar un testimonio de ese adiós. Dudé qué hacer. Por un lado respetar la intimidad de una ceremonia en secreto, al mismo tiempo me decía que estábamos despidiendo a la gran dama de la fotografía, a la escritora que –de alguna manera– había reescrito la gramática fotográfica. Me alejé del grupo para buscar en mi memoria algún pasaje suyo que me confortara y me ayudara a tomar una buena decisión y recordé esos textos sobre la fotografía de prensa y de dolor, donde Sontag se interroga sobre lo que se puede y no se puede mostrar en una foto. Finalmente di un paso al frente, como diciendo: aquí estoy, si alguien tiene algo que decir, éste es el momento. Y comencé a fotografiar todo. Recuerdo la música de Debussy, la voz quebrada de su hijo David Rieff, los versos de Baudelaire leídos por Isabelle Huppert y el abrazo apretado de mi amigo Juan Cruz diciéndome: “Qué bueno que hiciste las fotos, Sontag también las hubiera hecho”. 
–Juan Villoro advierte de sus capacidades suasorias, ¿acaso se considera un hipnotizador?
–Más que hipnotizar, los embrujo (se ríe). No tengo recetas ni fórmulas mágicas, tampoco una varita; a veces sale mal. Si tengo un mérito es el de no invadir los territorios vedados, lo cual no me impide retratar zonas oscuras que a veces ellos mismos desconocen. Pero lo que nunca haría sería traicionarlos y publicar una foto hecha con mala intención o agresiva hacia su dignidad. Leer me ayuda a tener una actitud con los autores que no es mejor ni peor que la de otros colegas, pero que es diferente, una suerte de sintonía con quien es capaz de escribir.
–¿Cuáles fueron los retratos más difíciles de hacer? 
–Digamos que no hubo una foto más difícil que otra a la hora de disparar pero sí a la hora de decidir enseñarlas. Por ejemplo tuve recelos si debía “desnudar” algunas imágenes de la última vez que fotografié a Gabriel García Márquez en su casa de Cartagena. Llevaba más de una hora a solas con él, salí a buscar a Mercedes Barcha, su mujer, y me perdí en la casa. Cuando volví al cuarto de Gabo lo encontré acostado en la cama. Hice unas fotos y después, en mi computadora, me di cuenta de que parecía muerto. Cuando falleció decidí no publicar esas fotos en la prensa. Lo hice un año después en mi libro Gabo, siempre. No se trata de que haya gente difícil de fotografiar, es que hay días y hasta momentos en que el retratado –y el fotógrafo, que también es humano– no encuentran ese momento de diálogo, invisible y creativo, que es una buena foto. Por eso además hay que tener mucha paciencia en este oficio: trabajamos con un material muy sensible, que es la vida real, los sentimientos más íntimos del alma humana.
–Enrique Vila-Matas admira su rara constancia obsesiva de perseguir a seres raros y obsesivos, ¿se está persiguiendo a usted mismo? 
–Los argentinos llegamos al mundo con alguien persiguiéndonos detrás. O son los milicos o son nuestras propias obsesiones. No soy una excepción. Cuanto más escritores retrato más me quedan por retratar. Es un trabajo infinito e imposible. Eso, en el fondo, me gusta y me da libertad: nunca será completo. Me gustan las cosas imperfectas.
–Aquel marzo de 2013, cuando desaparecieron todas las fotos de su archivo en su oficina de Le Monde, ¿qué le pasó por la cabeza? 
–Me cuesta mucho hablar de ello. Desde que sucedió rechacé decenas de entrevistas. Me dolía demasiado para hablar. Los escritores fueron los portavoces de mi dolor. Más que un accidente diría que se trata de una mutilación no sólo de una parte de mi vida y de mis sueños de fotógrafo, sino también una amputación de la memoria colectiva de mi generación.

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